Escritor vs Lector
Cuando tenía once años recuerdo un día que mi curiosidad me llevó a jugar y escarbar en el viejo cuarto-depósito de la casa. Un estante lleno de libros de mi madre era lo que ocupaba casi todo el lugar, me dirigí hacia él y comencé a leer los títulos hasta que una edición ilustrada de la Iliada llamó mi atención. Debo confesar que lo leí más interesada en las imágenes que en la historia, porque de esta, no entendí en aquel entonces un carajo, pero ver los guerreros con extrañas armaduras y aquellos (pensaba yo) cepillos en los cascos, era un aliciente para descubrir lo que ocultaban aquellos exóticos dibujos. Fue la primera vez que tomé un libro y lo leí de un tirón.
De ahí en adelante, y para sorpresa de mi familia -que a excepción de mi madre no eran aficionadas a la lectura- me convertí en la típica niñita a la que todos ven rarito por siempre llevar un libro en la mano, y de las que echa espuma por la boca cuando la interrumpen en medio de una apasionante historia. Era la combinación perfecta para mi tendencia natural a estar sola. En aquel entonces, tenía un miedo terrible a querer, porque lo que más amaba se había ido y si yo no sentía apego por nadie no iba a tener más nunca aquel fastidioso nudo en la garganta que acompañaba mis noches.
Descubrir libros era para mí, la misma sensación que alguna niña fresa siente en una tarde de compras. Más que una afición era una necesidad: leer, leer, leer... estaba obsesionada. Los extremos nunca son buenos, y la lectura fue una excusa para escapar de todos los problemas por los que estaba pasando: no pensar en mi vida, no sufrir, no llorar, no enfrentarme con el espejo. No fueron buenas razones para convertirme en lectora, pero como goce aquellos días de despreocupación.
Muchos años después, comencé a escribir cobrando una deuda pendiente. Si la lectura fue una excusa, la escritura fue un escape. Todo lo analizaba en el papel, me estaba dibujando como realmente era, se estaban revelando facetas en mí que desconocía, es una bonita forma de hacer introspección o catarsis o como quieran llamarle. Pero, la escritura autobiográfica te limita a sólo verte y proyectarte, limita tu imaginación porque sólo cuentas cosas de ti, hay que ser muuuuuy bueno para no caer en la monotonía y no aburrir al lector, y muy pocos somos Indiana Jones para tener montones de aventuras diarias que contar, incluso, hasta Indiana tiene días libres en los que seguro deseará acostarse en un chinchorro, dormir, comer y eructar.
El verdadero escritor es aquel que inventa, crea, transforma, revoluciona, dibuja y te hace sentir el protagonista de su historia. Pero antes de escritor, se debe ser un gran lector. Decía Borges: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído." ¿Cómo se puede ser profesor de historia, si antes no has leído sobre ella? La escritura y la lectura van de la mano, y si tuviera que elegir entre las dos, elegiría la última.
Para mí, la escritura no es una necesidad; no me despierto pensando en un cuento que voy a escribir, ni en el próximo post de mi blog. No tenga una musa infatigable, ni me interesa - salvo en contadas ocasiones- pasar una semana escribiendo un cuento, por una razón muy simple: no tengo la disciplina para ser escritora, al menos no ahora, puede que sea muy joven y haya mucha algarabía a mi alrededor. Prefiero una noche leyendo, que escribiendo.
Pero admiro a todos aquellos que han pasado largas noches en vela por el amor a las letras, aquellos escritores no reconocidos que tienen trabajos impecables guardados en la mesita de noche, y que las tendencias de las editoriales o las últimas modas-best-seller no le permiten salir a la luz porque no encajan, los que con amor miman sus blogs, los confidentes que nos regalan un pedacito de su vida.
Todos ellos, escritores de vida.
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