
Hace unos días ocurrió algo inesperado... ¡Sonó el teléfono!
Primero no lograba descifrar a que se debía el característico ¡ring! ¡ring!, sólo veía las telarañas temblar un poco... ¿será que volví a meter la pata con algún hechizo? Entonces caí en cuenta que no eran las arañas rumberas, sino el citado teléfono, es que hacía tanto que no lo escuchaba.
Me acerco con temor, alzo la bocina y presintiendo malas noticias, me oigo un tembloroso a-a-a-l-u.
- Guarandina, mijita, comos tá la vaina, peazo e' loca, tiempo sin saber de ti.
- ¿Petruclia?
- Claro... ¿quién más?, ya te orvidaste de mí, la que te robó ar furgensio, allá... hace unos meses.
- Aaaaah si (cara de cuando te joden la paciencia)
- Bueno amiiiiiiiguis, fíjate quer furgensio me ha pedido matrimonio.
- Aja
- Y como símbolo de nuestra amistad, hemos decido nombrarte madrina de nuestra boda, para limar aspereza (y yo pienso por dentro, que la única forma que yo lime asperezas es que coja un bate y tome sus cabezas como piñatas...)
- Este... pero...
- El domingo a las 8 p.m, no faltes, amiiiiiiguis, ya decía yo ar furgencio lo buena que tú eras, besitos, byyye... ¡plaf!
Resumiendo, el furgencio era mi novio de toda la vida ¡7 años! de amoríos, y viene una turruncha amiiiiguis con toda su zalamería, sin acordarse de que ella era también una mujer comprometida, dejando a un lado a su novio Truñuquio, y metiéndosele por los ojos a mi pobrecito Furgencio (porque no es culpa de él) que al final no resistió la presión y se fue con ella... ¡lagartona! y viene ahora con sus santos ovarios a nombrarme madrina de la boda, como para meter su uña afilada en mi herida.
Pero yo no le daré el gusto, ¡que NO, carajo! que se note que tengo dignidad. Quién quita que el Furgencio me vea, y en un arrebato de amor, deje a al turrucha amiiiguis en la puerta del altar y se venga conmigo, son siete años, y yo... pues... siendo sincera... todavía lo amo. Ah es que era tan buen mozo y correcto ese Furgencio, que a uno lo que provocaba era comérselo todo a bocaditos, tan bello, tan lindo, tan educado, tan fiel, tan... paro, paro... que me vuelvo campana.
El domingo comienzo tempranito todo ese proceso, casi místico, en que nos sometemos las mujeres cuando vamos a una fiesta y queremos estar bonitas. Previamente había pasado la mañana en la peluquería haciéndome mi mani-quiur, pati-quiur y por supuesto, un super moño-peinado, que me veo al espejo y no me reconozco.
Elegir que ponerme, no fue tan complicado... aquel vestido rojo, escotado, ese que le encantaba tanto a mi Furgencio, tan lindo, tan bello, tan hermoso, tan chulo... y claro, siempre recuerdo que el me decía con su carita tan dulce, que le encantaba más, cuando me cepillaba los dientes... así que dicho y hecho... con mis dientes relucientes, para matar en el acto a ese hombre con mi sonrisa, me voy a la iglesia.
Nada más llegar, veo a Truñuquio, emperifolladísimo, de traje, esperándome porque la turruncha amiiiguis, también le dijo a él para que fuera el padrino. Pero que buen mozo que está el condenado, así, de su mano, entramos a la iglesia, donde nos esperaba un Furgencio, panzudo, con calva, sudado, con cara de pocos amigos, y una tristeza que daba lástima, nos recibió con una sonrisita apenada y roja, mientras me observaba con lujuria... como en aquellos tiempos. Verlo de nuevo, me dio un asco tremendo, y más al tener al lado al semental del Truñuquio, que para rematar me murmuraba al oído Guarandina, pequeña, ¿crees en los flechazos?
¿Que si no creía en los flechazos? que yo ese bonche no me lo pierdo, después de la boda, prepárate...
Cuando comenzaban los jueguecitos disimulados, llegó la turruncha amiiiiguis. Con una cara soberbia, y arrugada, es que hubiera jurado que los dos se habían metido en una capsula de envejecimiento, parecían 10 años más viejos y amargados. En cambio el Truñuquio y yo, tan frescos como lechugas. Y cuando llegó al altar, escucho al Novio diciéndole: que fastidio, siempre tardándote, y para nada, estas igualita.
Las parejas, luego de pasado, las emociones pirotécnicas del amor y bla, bla, blá, suelen convertirse en grandes camaradas o en enemigos deslenguados, y esos dos, se fueron directo a la segunda opción.
El caso es que mientras el padre daba su aburrido sermón nupcial, yo me divertía con el buenazo del Truñuquio, y cuando este me empezaba a morder una orejita, siento que me jalan de la mano.
- Eh, que paso.
- Guarandina, que te estoy diciendo que te vengas conmigo.
- ¿Queeeé? Y tu matrimonio.
- Pero no escuchaste que dije que no.
- Ah disculpa, estaba ocupada en otros menesteres.
- Guarandina, no me hagas esto. No ahora, que me di cuenta que tu eres el amor de mi vida, estos meses sin ti me han enseñado a valorarte, quién sino tú, se cepillaría los dientes, sólo para agradarme. Casémonos, tengamos hijos, compremos un perro...
- Sssssssuch, lo siento, tengo una cita esta noche, aparte no me cepillé los dientes por ti... ¡pero que te has creído! (de fondo, la turrucha amiiiiiguis, llorando y dándole patadas)
En fin, fue una noche maravillosa y el comienzo de mi verdadero amor, el Truñuquio es el hombre de mi vida, y disculpen ustedes, queridos lectores, mi corte abrupto, pero mi amorcito está en la cama viendo un partido de béisbol, y está llamándome, a mí, al vaso de coca-cola y a unos emparedados que debo llevarle... ufff, ese hombre si grita, tan bello, pero si grita es porque me quiere...