Será
Estación Chacaito - se escuchó decir con voz ajena, mientras se abrían las
puertas y las últimas personas bajaban del metro, cosa rara a aquella hora,
pero mejor así, un ratito de soledad siempre cae bién.
Cuando el tren empezó la marcha, me fijé que había alguién más. Tendría como unos 20 años, zapatos converse desgastados, churros en el cabello y camisa desaliñada, entraba directo al patrón del perfecto come gato.
Cruzamos miradas y lo ví revolverse en su asiento nervioso, miraba hacia los lados, como si quisiera hacer algo importante y no se decidiera. Verlo así comenzó a preocuparme. Pasé la mirada por toda la estancia y no encontré algo con lo que pudiera defenderme de un futuro ataque, ¿querría robarme?. Él también miraba hacia todos lados, nervioso y sudoroso, quizás era un ratero novato y me evaluaba porque no sabía como reaccionaría, estaría estudiando mis fachas y calculando cuanto podría sacar vendiendo el reloj y el celular que cargaba para mi desgracia al descubierto. Lo estaría tentando la ambición, la necesidad o el hambre, mientras la razón y la conciencia hacían la lucha por mi parte.
Recordaba arrepentido todas las veces que me burlé de mi hermana porque pegaba un salto de terror cuando le pasaba una bicicleta cerca, o como iba vigilando a las personas que la rodeaban, intentando descifrar un código secreto que le permitiera descubrir por los rasgos faciales, si era un hampón camuflajeado.
Estación Plaza Venezuela- escuche con una mezcla de alivio y terror, nos dirigimos hacia la puerta los dos, igualando el paso... mientras salíamos nos vimos al unísono por encima del hombro, y ya, en plena calle, no aguanté y me eché a correr desesperado. Al voltear para verificar si me seguía, lo vi, a lo lejos, como alma que lleva el diablo, en dirección contraria.

- ¿Cómo llegaste a ella?

